Desde el confinamiento. Relatos de urgencia

Poema

El recuerdo de la constancia

de lo intocable,

el sonido fantasma

de una ciudad que no existe.

La certeza de vida detrás de los muros

que supuran heridas de diferentes gravedades.

La sorpresa cantora de aves que no se conocían.

Vuelven los saurios a ocupar avenidas

derivados en palomas

mensajeras del derrumbe de su genealogía.

¡Lo teníamos todo!, grita un loco

que no tenía nada

desde la ventanilla de un coche que se lo lleva

a mañana.

 

Microrrelato

Trastorno Obsesivo Compulsivo

Alba repetía diariamente la misma rutina al llegar a casa. Se quitaba los zapatos a la puerta y rociaba las suelas con desinfectante. Sin tocar nada, entraba de puntillas al baño y metía toda la ropa en la lavadora. Luego, introducía la mascarilla dentro de un bote ya abierto y, siguiendo las pautas aprendidas, hacía lo mismo con los guantes. Tapaba el bote y lo tiraba a la bolsa de basura que cerraba con un nudo doble. Se duchaba concienzudamente. Después repasaba con una bayeta impregnada en antiséptico todos los muebles, sillas y mesas, fregaba el suelo y se volvía a duchar.

El día que le dieron el alta celebró su normalidad alargando conversaciones y recreándose en texturas, sin otra protección que una confianza recién estrenada. En casa, se dejó llevar por el cansancio y pasó directamente de la puerta al sofá. La televisión anunciaba la propagación por la ciudad de un virus extremadamente contagioso que obligaba a una serie de medidas de protección extraordinarias; pero cambió de canal con el desinterés de quien se siente protegido.

 

Relato

Llave grifa

¡Agua, hijo!, gimió mi padre desde la cama con aquella voz suya de final inminente. Me levanté exhausto y fui a ciegas a la cocina para completar la elipsis con un vaso. Después vino el estertor de un grifo que echa sus últimas bocanadas: un poco de transparencia, ruido, ocre y nada. Salí a la calle de inmediato, sin preguntarle siquiera por el grado de la urgencia. Llevaba mucho tiempo sustentándose casi exclusivamente de agua, así que recibí la demanda como vital.

Conocía de sobra los requisitos de mi vecina para dignarse a abrir la puerta, y más pasadas las diez de la noche, así que tras aporrear aquella especie de ocume con mirilla grité:

– ¡Eutiquia, que soy el chico del Desiderio, que se ahoga y no tenemos agua en casa!

– ¿Quién va?

Y repetí lo mismo pero más nervioso.

– ¡Qué presbiterio ni qué presbiterio!

Mi madre siempre supo que era ella y no los gitanos de al lado la que se llevaba las flores del altar. Luego se conoció eso y más de su antojo por lo ajeno, pero ya era demasiado tarde para dilucidar entre sus verdades y ficciones. Después de otro par de baladros me fui, dedicándole el ceño a la puta ancianidad. Corría ya por el medio de la calle cuando la vieja me gritaba desde la ventana:

– ¡Que tampoco tengo agua, que lo han debido de cortar por las obras!

Como sólo visitaba a mi padre algunos días a última hora de la tarde, no tenía ni idea de qué obras me hablaba, pero eso me hizo acelerar al barrio de al lado, donde vivía la mujer que le cuidaba, Yasmeline. A medida que me acercaba a su puerta más eran las ganas de llorar mis infinitas ausencias entre aquel hombre, todavía joven, que dejé un día y ese anciano sediento.

Con el pelo suelto parecía mucho más joven, negro, flexible, sugestivo. Al tiempo que se improvisaba un moño, un fino destello de tranquilidad me permitió explicarme sin resuello.

– Tiene dos botellas de agua mineral al lado de la mesilla de su cuarto. Siempre estoy pendiente de que no le falte a mano. De todas formas ahora mismo me visto y voy para allá…

De fondo, un llanto de criatura desconsolada ganaba fuerza y tapaba mi voz, su voz, la escalera vecinal, el escote que dejaba la caída de aquella bata y mi propia conciencia.

– No, gracias, sabiéndolo ya está… ahora mismo vuelvo, esperemos que no sea nada –respondí avergonzado.

Casi sin despedirme inicié una patética carrera de regreso, de regresión a esos años en los que se deciden los veinte siguientes. Otra vez me veía urgido por su voz, fatigado ante la llave de paso que hacía posible abrir la manguera. Desde fuera del garaje me llegaban los centelleos del coche en llamas y la angustia de mi padre por sofocarlo.

– ¡Dale, dale!

– Es que hay varias manivelas y no sé…

Había bajado infinidad de veces allí con él, pero me iba y todo quedaba en mí como un cúmulo de cosas conocidas sin orden ni función.

– La roja de abajo, detrás de la cañería. Gira a la derecha para que quede paralela al tubo.

Cuando oí la explosión imaginé lo peor y me quedé estático con la mano separada unos centímetros de palancas y tuberías y los ojos puestos en la entrada. Después entró en silencio y me retiró el brazo para dejarse espacio y abrir la llave que permitía la emanación. Recuerdo que estuve allí un buen rato escuchando el zumbido de la tubería, hasta que el chorro de agua que caía por la rampa me llegó a las zapatillas. Jamás me culpó por aquello, se limitó a seguir con su “nunca te ocupas de nada, el día que falte no sé cómo lo vas a hacer”. Yo callaba y aunque en parte era consciente de esa verdad, no era capaz de explicarle que tampoco él se preocupaba lo suficiente por mis desconsuelos, muy diferentes a los que su experiencia de vida le dictaba que debían ser para un adolescente. Alguna vez hablábamos de estas cosas, pero me entristecía de tal manera ver a un hombre tan asediado por las circunstancias, metido en las cansinas luchas posicionales de la adolescencia, que prefería volver al silencio. Mi madre, que murió siendo niña, era diferente para el trato de estos temas, pero ya no estaba.

La vuelta se me hizo mucho más larga, no podía borrar la imagen de la muerte sentada a los pies de su cama, burlándose del viejo mientras arrancaba con sorna las pegatinas de las botellas “Procedente del manantial de…”

Quizá si hubiese sido él quien muriera súbitamente, lo siguiente habría tenido otra forma y en vez de buscar complacerle, como compensación, hubiera buscado amor y no a la mujer que a sus ojos me convenía. Quizá después no me hubiese visto solo, con todo este fango dentro y macetas yermas en las repisas, por esa torpeza mía con el agua.

Al regresar vi que me había dejado las llaves puestas por fuera. No sé por qué conjeturé que junto al lecho me encontraría a alguien, quizá la propia Eutiquia, llorando el cuerpo céreo e inerte de mi pobre padre. Reduje al mínimo la velocidad de avance y me paré delante de la puerta del cuarto, donde cualquier sirena parecía encontrar su destino.

Un leve ronquido disipó las hipótesis más macabras. Al chirrido de los goznes le siguió un jadeo como de recién llegado de profundidades arcanas:

– ¿Beatriz?

El nombre de mi madre llenó la oscuridad de pasado. El subconsciente de aquel improvisado Dante buscaba una realidad inexistente.

– Soy yo, vengo con el agua – dije mientras encendía la lamparita de la mesilla y me agachaba buscando las botellas.

Ya con una de ellas en la mano, escruté rápidamente cada rincón de la habitación hasta toparme con esos dos puntos centelleantes. Con un gesto mínimo me indicó el cajón de la cómoda. Yo que sabía leerlos como nadie traduje también la apostilla: “no te ocupas de nada”. Abrí y cogí el vaso, todavía con aquellas manos nerviosas de la infancia. Lo llené tanto que cayeron algunas gotas al suelo. Después le incorporé colocándole unas almohadas detrás de la espalda y le di a beber envolviendo sus manos asidas al vaso con las mías. Tras un par de sorbos paró.

– Anda que, poco más hijo, y …

Nunca supe muy bien cómo terminarían en su mente aquellas frases a medias, suspendidas. Quizá no tenían final y quedaban ahí para ser completadas por mí, o quizá no fuese más que cansancio, pocas ganas de abrir circuitos cerrados que no conducen a nada más allá de sí mismos.

Rebajado el volumen con un sorbo, me hizo una señal para que le sujetase por las axilas, de tal forma que tuviese libres los brazos. Poco a poco acercó sus dedos a la boca y sin encontrar límite en ésta los metió dentro. Parsimonioso se extrajo la parte superior de la dentadura y la introdujo en el vaso. Después carraspeó un par de veces, tragó algunas inmundicias e hizo lo mismo con la inferior. El agua volvía a derramarse sobre la mesilla.

– Ahora lo recojo – me crucé.

– No me molesta hijo, eso no es nada. Hala, trae un beso y a dormir.

La salida quedó marcada con mis huellas húmedas sobre las baldosas. Tampoco limpié los restos de su beso en mi barba.

Unos días después murió. La noticia me llegó sentado en la cafetería de enfrente de la oficinucha donde me ganaba la vida. La helada había reventado las tuberías de la calefacción y hacía tanto frío que estábamos decidiendo marcharnos.

– Gracias por todo, Yasmeline.

Su voz me parecía la más triste del mundo y tuve que colgarla para no morir sobre el café.

Desde el día del susto no había vuelto a visitarle. No sabía si por trabajo o no y la duda me comía. Enfrente los operarios salían y entraban a por herramientas al coche. Todas me eran familiares, llevaba media vida viéndolas en aquel gastado maletín sin la tilde en la “i” de Fontanería, pero nunca aprendí más de tres o cuatro nombres, uno de ellos el de esa llave con nombre de animal mitológico, ¿cómo era?

“Si me oyera mi padre…”, pensé enjuagando mi último sorbo de café en la sal de aquellos puntos suspensivos.